"Obsession": La película que da menos miedo que algunas de sus interpretaciones
La premisa de Obsession, dirigida por Curry Baker, no es especialmente compleja; un chico llamado Bear pide el deseo de que su mejor amiga Nikki le quiera más que a nada en el mundo, lo que provoca de manera inmediata que ocurra, pero tal vez no de la manera que él deseaba. Podría resumirse como un episodio de Black Mirror mezclado con terror sobrenatural: ¿qué ocurriría si un deseo formulado desde el enamoramiento pudiera alterar la voluntad de otra persona? Sin embargo, donde la película realmente funciona no es en la novedad de la idea, sino en cómo consigue convertirla en un miedo muy real; llevaba tiempo sin pasar tanto miedo en una sala de cine y no por seres sobrenaturales, demonios o casas embrujadas, miedo por cómo esta película cuenta una historia de abuso.
Sí, hay momentos de humor que alivian la tensión, como la divertida escena del amigo del protagonista deseando 10.000 dólares y viendo cómo el dinero empieza a caer del cielo de la forma más absurda posible. Pero esos momentos de ligereza y humor duran poco y están hechos claramente para destensar toda la atmósfera agustiosa y terrorífica que envuelve la película, que acaba transformándose en una experiencia incómoda precisamente porque el horror no nace del elemento fantástico, sino de las consecuencias psicológicas de perder completamente la libertad sobre uno mismo.
Para mí, Nikki es la auténtica víctima de la historia. Y precisamente por eso me resulta terrorífico leer interpretaciones que intentan presentar a Bear como otra víctima más. Es cierto que su deseo nace de un enamoramiento idealizado; todos hemos tenido un crush que hemos deseado que nos corresponda (algunos parten palos que compran en una tienda esotérica y otros los escribimos en las notas del móvil), pero eso no elimina la responsabilidad de lo que Bear decide hacer una vez comienza a darse cuenta de que algo va mal. Él no desea conocer mejor a Nikki ni darle la oportunidad de enamorarse de él; desea que ella lo quiera "más que a nada en el mundo". Es un deseo absoluto, egoísta y profundamente posesivo.
He visto a personas preguntarse si todo habría sido diferente si el deseo hubiera sido simplemente "que Nikki se enamore de mí". Personalmente, creo que el resultado seguiría siendo perturbador. Quizá Nikki no habría desarrollado esa dependencia extrema, pero seguiría siendo una relación construida sobre la falta de consentimiento. Sus sentimientos continuarían siendo impuestos. No existiría una decisión libre por su parte.
Además, la propia película deja claro que, incluso bajo el efecto del deseo, Nikki sigue intentando comunicarse; actos como sus brutales autolesiones y el mensaje que deja escrito en la Polaroid son una forma desesperada de recordar que la persona que vemos no es realmente ella. Es una lucha constante por recuperar una identidad que le ha sido arrebatada. Lo más doloroso es que Bear presencia esas señales y, aun así, decide ignorarlas porque aceptar la realidad implicaría renunciar a aquello que siempre quiso conseguir. Nikki, en un punto de la historia, logra comunicarse con él y le pide ayuda, pero él parece priorizar su ego dolido preguntándole: "¿Tan malo es estar conmigo?" y esa pregunta resume perfectamente la naturaleza del abuso que plantea la película.
Por eso creo que el terror de Obsession funciona tan bien. No habla de monstruos ni de maldiciones imposibles, sino de una fantasía romántica idealizada llevada hasta sus últimas consecuencias: la idea de querer tanto a alguien o a las expectativas romantizadas que tienes de alguien hasta el punto de acabar anulando quién es esa persona para que encaje en tu deseo. Es una metáfora extrema del amor entendido como posesión.
Considero que todo este discurso va muy bien respaldado por su apartado técnico. La fotografía de Taylor Clemons construye una atmósfera opresiva sin necesidad de grandes artificios, jugando constantemente con las luces y las sombras, en especial a la hora de iluminar al personaje de Nikki para revelar la sensación de que algo no encaja, de que ella no está bien.
Sobre todo destacaría el diseño de sonido. Es probablemente el aspecto que más me ha gustado de la película. El uso del silencio, las texturas sonoras y los pequeños detalles para generar incomodidad incluso cuando no está ocurriendo nada explícitamente terrorífico. Muchas de las escenas más angustiosas funcionan precisamente gracias a ese trabajo sonoro; por ejemplo, los cambios de personalidad entre la Nikki poseída y la Nikki real se potencian también con los cortes de sonido abruptos. Esto también funciona gracias a uno de los puntos clave de la película: las interpretaciones, en concreto la de Inde Navarrette, que consigue transmitir constantemente la sensación de que conviven dos fuerzas dentro del mismo cuerpo: la persona obligada a amar y la persona cautiva que lucha por seguir siendo ella misma. En muchos momentos basta una mirada, una pausa o un pequeño cambio en su expresión para entender ese conflicto interno. Es una interpretación muy física, muy contenida y profundamente desgarradora.
Pero una vez terminada la película, me di cuenta de que lo que más miedo me daba no era lo que había visto en pantalla, sino algunas de las interpretaciones que estaba generando. He visto a muchas personas definir Obsession como una "comedia romántica oscura" o debatir si Bear es, en realidad, otra víctima de la historia. Y creo que precisamente ahí reside uno de los aspectos más inquietantes de la película porque Obsession no cuenta una historia de amor. Nunca la hubo. Nunca existe una relación entre Bear y Nikki construida desde la libertad, el deseo mutuo o el consentimiento. Lo que vemos es a una mujer cuya voluntad ha sido arrebatada. Nikki no es "la novia loca" o "la novia tóxica" que complica la vida del protagonista. Es una persona atrapada dentro de sí misma, intentando desesperadamente recuperar su autonomía.
Por eso me resulta tan doloroso ver cómo algunos espectadores interpretan su comportamiento como si fuera simplemente una consecuencia incómoda del hechizo o incluso una reacción exagerada. Sus autolesiones, los mensajes que escribe en las Polaroid o esa constante sensación de que algo no encaja no son simples recursos de terror: son la única forma que encuentra de hacer saber que sigue ahí, que esa versión de ella misma no es real y que necesita ayuda. Un detalle que me dolió ver fue cómo en la fiesta los supuestos amigos de Nikki no hacen realmente nada para intentar ayudarla, a pesar de haberla visto en tales circunstancias, de nuevo ella está sola lidiando con esta situación terrorífica, tal y como termina la película cuando ella consigue salir de la posesión tras el suicidio de Bear; Nikki se expone a todo lo ocurrido completamente sola.
Obsession puede recordar en su planteamiento a un episodio de Black Mirror, pero encuentra su propia voz al convertir un concepto fantástico en una reflexión sobre el consentimiento, la autonomía y los límites del amor. Y quizá ese sea su mayor logro: hacer que el verdadero terror no sea la magia ni el elemento sobrenatural, sino descubrir lo fácil que resulta para algunos espectadores confundir la posesión con el romance tóxico. Si una parte del público sigue viendo una historia de amor tóxico donde la película muestra la destrucción de la voluntad de una persona, entonces el miedo que plantea Obsession trasciende la ficción y se vuelve inquietantemente real.


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