Volver a casa a los 40: la ternura nostálgica de Partir un jour (Amélie Bonnin, 2025)

 


El pasado 11 de Octubre tuve la oportunidad de ver en el Festival de Cine Francés de Málaga la película de apertura del festival de Cannes de este 2025; Partir un jour.

Se trata de una de esas películas pequeñas y cálidas que se disfrutan sin pretensiones. La ópera prima de Amélie Bonnin (adaptación de su cortometraje homónimo premiado con el César en 2023) es una comedia con toques musicales y una mirada nostálgica hacia la adultez, las raíces y los sueños que dejamos atrás. 

La historia sigue a Cécile, una chef parisina reconocida que, justo cuando se prepara para abrir su restaurante gourmet, recibe la noticia de que su padre ha sufrido un infarto. Este suceso la obliga a volver a su pueblo natal, al bar de carretera donde creció y al que lleva años sin regresar. Ese regreso a casa desencadena un viaje interior: reencuentros, tensiones familiares, amores del pasado y la inevitable pregunta de "qué habría pasado si las cosas hubiesen sido distintas".



La directora firma un relato de reconciliación con el pasado, pero no desde la juventud, sino desde la madurez. En lugar del típico “coming of age” adolescente, la película propone un coming of age de los cuarenta, cuando la vida parece ya encarrilada, pero aún persisten las dudas, los recuerdos y las grietas del tiempo. Cécile no busca encontrarse a sí misma por primera vez, sino reconciliarse con quien fue y con aquello de lo que quiso escapar y si de alguna manera sigue ahí en ella.

La relación padre-hija es uno de los pilares más interesantes del film. El padre, con su libretilla donde anota frases del programa televisivo de su hija, representa la mezcla de orgullo y reproche hacia una hija que convirtió su cocina popular en alta gastronomía. Él siente que ella ha renegado de sus raíces; ella en cambio, ha tenido que romper con ellas para poder avanzar. En ese conflicto tan doméstico y universal, Bonnin encuentra el corazón emocional de la historia.

El reencuentro con Raphaël, el amor de juventud, añade otra capa a la historia. Hay ternura y deseo, pero también una incomodidad moral evidente y clara: él está casado, y aunque me guste esa conexión con la protagonista porque ante todo soy una persona muy romanticona y nostálgica, el desarrollo y acciones tomadas en ese reencuentro me dejan una sensación un poco agridulce. La película no lo romantiza ni lo condena del todo; simplemente lo muestra como una de esas decisiones humanas que nacen del recuerdo más que del presente. Si embargo creo que no se termina de consolidar del todo la reflexión clara que la historia de ambos plantea; la intimidad que comparten en no volverse a ver y en el recordarse por más tiempo del que se han conocido. 



Otro de los aspectos más curiosos del film es su uso de la música. No es un musical al uso, pero sí una película con momentos musicales integrados en la narración. A veces son escenas de karaoke, amigos o familiares cantando juntos; otras, verdaderos números musicales que sustituyen al diálogo. Bonnin se atreve a mezclar ambos registros, y aunque el resultado puede desconcertar, también aporta frescura y un tono juguetón. Los créditos finales, presentados como un karaoke, refuerzan esa idea de que la música aquí funciona como un puente entre generaciones. La banda sonora está compuesta por versiones de éxitos pop franceses de los 80 y 90 (entre ellos el tema que da título a la película, Partir un jour de 2Be3), lo que conecta directamente con la nostalgia de los personajes y que seguro que el público francés disfrutará. Visualmente la película es sencilla, sin alardes de dirección, pero mantiene una calidez constante. Los espacios rurales, el bar familiar o los paisajes del pueblo contrastan con la frialdad de la vida parisina. 



Entre los momentos más emotivos destaca el vídeo casero de la protagonista de niña cocinando, un gesto que cierra el círculo vital de la historia. Ese detalle, junto con el recuerdo del turrón de azúcar con café que ella convierte en plato gourmet, simboliza el viaje de Cécile: no se trata de elegir entre el pasado y el presente, sino de unir ambos ya que una persona por más que lo intente evitar, es su pasado y su presente. Considero que esto es lo más destacable de toda la historia.

Partir un jour no busca sorprender ni reinventar nada. Es previsible, y su estructura es más emocional que narrativa. Pero también es una película sincera, tierna y bienintencionada, de esas que se ven con una sonrisa tranquila. Juliette Armanet (cantante en la vida real) aporta naturalidad y presencia a su primer papel protagonista, sostenida por un reparto que también funciona de forma natural.

En definitiva, la película es una comedia musical ligera y humana, más cercana al corazón que al artificio, ideal para ver en familia o en una tarde de amigas. No es una obra trascendental, pero sí una que deja una sensación cálida, como quien regresa a un lugar conocido después de mucho tiempo.


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